Siendo el país pionero del liberalismo, somos el único de Europa donde no hay un partido liberal propiamente dicho. Ahora bien, liberales o, mejor dicho, políticos que se reconocen como tales, sí los hay, aunque, todos ellos, los matiza con diversos adjetivos. Así, unos se definen como “liberales conservadores”, otros como “liberales moderados”, y no faltan los que, con ánimo de calificarse como más avanzados, de “liberales progresistas”. El problema es que, con tanto afán de priorizar el adjetivo lo que, a la postre sucede es que, de una forma u otra, se pierde el sustantivo, o dicho de una forma más clara, que en el fondo lo que hay son conservadores, moderados y progresistas, de derechas y de izquierdas, pero no liberales. El liberal, en palabras de Gregorio Marañón, no es una categoría partidista sino una actitud, un modo de ser y, en este sentido, el partidismo ahogaría el espíritu liberal que lo reclama. Y, como decía el maestro, aquel que apueste por la obediencia de partido, no es un liberal auténtico. Por este motivo se explica que, en España, no prospere ningún partido liberal y que, todos los intentos de hacerlo durante la Transición, hayan fracasado.








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