Desde hace tiempo, todo en Garzón es impostura. Como ese gesto de intentar vestir la toga para declarar desde el banquillo de los acusados, olvidando que fue él mismo quien se despojó de ella saltando a la política, el partidismo declarado y el verbo mitinero. Su desmedida ambición le llevó a encarnar los tres poderes que Montesquieu diseñó separados como garantía frente al despotismo y cuando decidió recuperarse como juez neutral ya era tarde. Había perdido para siempre el ropaje de la imparcialidad, esa toga con puñetas que no se le dejó lucir para evitar la imagen de otra estafa más. La de quienes pretenden hacernos creer que Garzón es víctima de una conspiración por perseguir la corrupción. No es verdad. Aunque griten. Garzón se arriesga a ser expulsado de la judicatura por cometer el delito más grave del que se puede acusar a un juez: la prevaricación. Comportarse de forma injusta a sabiendas. Violando las sacrosantas garantías constitucionales de cualquier procesado, por indeseable que sea.