La tensión que vivimos es histórica. A veces pienso que (quizás) ni siquiera las guerras de antaño producían tanto miedo como el que actualmente padece la mayoría de los ciudadanos de Europa. No sólo pasan miedo los que no tienen empleo: quienes lo conservan y pueden afortunadamente seguir adelante –cada vez más asfixiados por los impuestos y recortes–, están aterrorizados por el ambiente de angustia y hecatombe que nos envuelve. No gastan, no protestan, no se mueven. Inmersos como estamos en una economía casi de guerra, la consigna es no consumir ni gastar energía inútilmente, aunque ello suponga consumirnos a nosotros mismos.