Sin Ánimo
La riqueza la suelen acaparar unos pocos, mientras la mayoría se queda a dos velas. Tocqueville ya hablaba de que las sociedades democráticas producen «resentimiento», el de quien contempla cómo algunos llegan a las metas que él no pudo alcanzar. En un mundo como el nuestro, donde la exhibición impúdica del éxito y la opulencia es retransmitida en directo por los medios de comunicación, la desigualdad cada vez se tolera peor, y genera una alarmante frustración entre los ciudadanos/espectadores. Por eso la bandera «sin ánimo de lucro» es acogida de forma entusiasta. Pese a que –a veces– sólo sea el codicioso disfraz de una avariciosa mentira podrida. El asunto «Megaupload» –sitio de descargas en internet cerrado por el FBI–, y el tren de vida de su fundador Kim Schmitz incitan a reflexionar en la extraordinaria prosperidad de grandes corporaciones que, en principio, no tienen mucho «ánimo de lucro». Por ejemplo, el instituto de Urdangarín.








Los comentarios están cerrados