No seré yo quien mueva un dedo a favor de la actitud de monseñor Ricardo Blázquez afeando la posible elección de la vicepresidenta del Gobierno como pregonera de la Semana Santa de Valladolid por su condición de casada por lo civil. Tampoco lo moveré en contra del prelado, que no ha hecho nada que resulte sorprendente. Su actitud es la previsible en un obispo, igual que cabe esperar el bostezo del soñoliento o el estornudo del resfriado. Lo que no comprendo es que a la actitud de monseñor Bláquez le den importancia quienes sostienen que la Iglesia Católica ha perdido buena parte de su influencia moral sobre la sociedad española. No se entiende muy bien que tenga tanta repercusión la actitud de alguien a quien se supone carente de poder, a no ser que la Iglesia Católica sea aún en España más influyente de lo que algunos consideran. La idea de Dios excede con mucho de la reglamentación de cualquier club jerarquizado y pertenece al ámbito de la más estricta intimidad moral del creyente. En esto de la Iglesia ocurre como en la milicia, que uno se hace soldado a sabiendas del rigor de la disciplina y ha de acatarla o alistarse en la Tuna de Medicina. La pretensión de  un catolicismo sin exigencias es tan absurda como la de un Ejército desmilitarizado. En mi caso no tengo dudas y me mantengo al margen de la influencia del obispo. Siempre supe que sería vetado como columnista de la Biblia.